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viernes, 12 de junio de 2026

Electromagnéticos

 

Electromagnetismo

"Una característica de los proyectos es su unicidad, que significa que son únicos e irrepetibles; en efecto, las experiencias pasadas suelen ser de gran utilidad como referente en todo el ciclo".

Teoría de la unicidad

Y si las circunstancias fueran habitarte, transitar en tu espíritu porque no queda de otra... Nunca mirarme al espejo. Vivir como un auténtico recurso literario, ajeno y sucio, golpeando el sueño porque mis páginas están llenas de letras delgadas, transparentes, patéticas ante el vacío en las sombras de tus ojos árabes. A destiempo, desvelados por llorar.

Y este Charly que me rasga en pedazos, como en los diarios desde allá... El pasado de este vino rojo, las cuchillas en aquel cuerpo que se clavaron en mí, dejando estas tiras de frío.

Empiezo a creer que nunca —ni en tiempos pasados ni presentes— hemos podido ser felices. Nunca. Ni juntos ni separados en nuestra agonía de miedo, de ojos cerrados en plena caída por el horror de lo que llaman vida.

Y dices que criaturas convulsas caminan por las calles y sí, es cierto; pero no solo caminan, sino que van cargando pesadas las almas, abajo los ojos de vidrio, el agujero en el pecho buscando agua.

En algo estoy de acuerdo: los ciclos se repiten, y en la otra vida —en aquel pasado— el dolor de la primera vez vuelve y revuelve en esta vida. Condenado a perderte y nunca, nunca jamás.

Electromagnetismo: ese es el evento único e irrepetible al que estoy condenado a revivir por las eternidades.

Tú no, porque ya me olvidaste.

viernes, 5 de junio de 2026

 

Cal y tierra

Tal vez será que no podría decir

mirando el rostro de la ciudad,

la noche gris que me lleva lejos.

Tal vez serán esos hilos rojos,

la sangre en el asfalto

en medio de este cuerpo;

horas y noches atravesadas

Tal vez eso será:

el mar de nubes tan lejos

y yo, que sobrevivo

a las horas del dolor.

Tal vez eso será.

Me voy pensando en ti,

que te quedas acá, donde

ya no se puede respirar.

No quiero estar aquí,

donde nadie sabe amar.

y voy viajando sin vos.

Al final, vestidos de cal,

llenos de tierra las manos,

oscuro el corazón...

hemos perdido la fe.

Vestidos de cal y tierra.

Basta con cerrar los ojos

y dejarse llevar 

por el río del dolor

al mar terráqueo del olvido, 

ahogados, rojos, palpitantes.

Limpios de la cal del fantasma

y salir desde el centro de la tierra


* Esta publicación es una reedición anterior

sábado, 23 de mayo de 2026

pan frío


La pequeña gran muerte (o La renuncia)

    Yo sangré por tus heridas expuestas en la masa corporal de Orión. El segundero de esta derrota es como una esponja embebida de sangre; la llevo en el bolsillo de la camisa, en el lado del corazón, para ser más exacto.

    Caída directa al paraíso y el dolor. Estas codependencias que me aran la herida que no sana, bien las vendería en el mercadito de El Guarda, por donde tantas veces buscamos películas piratas. Ahí, donde  bien podrías decirme: «¡Chejo, mira esos lentes!», o preguntar frente a un espejo: «¿Me miro gorda?».

    Pero no, así ya no va la cosa. En cada palabra que sembraste florecen los gatos que maúllan a la película que nunca vimos. El vino, se volverá vinagre, manchando el fondo del vidrio porque se evaporó sin los amantes idiotas, palpitantes y salvajes que se bebían el todo por el todo hasta el fondo; esos que renuncian al mundo, a los amigos, al placer de un viaje, a comer o a dormir, tan solo por entregarse hasta dejarse caer, amarse hasta morir.

    Sí... ese fue el anhelo: encontrarte y crear la más resplandeciente y cegadora luz hasta quedarnos vagando en las tinieblas de la oscuridad, dos ciegos por amarnos en cualquier parte de la ciudad: ¿te recuerdas la bodega? Justo en el momento de verte, abrazarte con estos brazos de frío y hundir mi rostro en las tinieblas de tu cabello, en el mar de tu olor a mujer. Desnudarte a media calle y hacerte el amor; nunca sexo, sino amor del real. Del que mata, del que muerde duro, aquel por el cual los amantes cruzarían océanos solo por un beso.

    Pero no es así. Ya entendí, me rindo; así no va esta historia. La epidermis, esta vieja bruja que me envejece cada día en el espejo, dice otra cosa. Me anuncia el momento de caer al vacío, del peso muerto de la renuncia. El momento de decir adiós, de comer el pan frío y mohoso de la decepción, y enterrar muy dentro esta esponja en la que se ha convertido mi corazón.

    Después de aceptarme la renuncia, tendré que matar a este perro rabioso que ahora soy, con un bocado de realidad: Entonces seré otro. Detrás de esa puerta ya no tendré brillo en la mirada, ni sangre, porque se habrá ido toda por la herida. Y me quedaré quieto, muy quieto, sin ver nada, ni siquiera a ti. Si aparecieras por esa esquina por donde te fuiste, yo ya no te reconocería. Esta pequeña gran muerte es la que me hará feliz y al final, libre:  al final de esta calle, otro: un simple tipo que solo camina solo, sin memoria ni pasado.                                                     

                                                        Ya no recordaré nada.




Nota: «(Esta es una versión revisada y curada de un texto originalmente publicado en 2013)»