martes, 30 de junio de 2026

 

Nos encontraremos en el Centro


Nota del autor: Este texto fue publicado originalmente en el año 2005 en la revista oficial del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, época en la que tuve el honor de participar como miembro del comité en el área de Arte Urbano. Hoy, más de dos décadas después, rescato esta crónica-poema del archivo físico para devolverla a las calles y al asfalto digital de la Expedición.


Y son calles, antiguas, largas y solidarias en la noche. También son luces casi perdidas que se amanecen entre los balcones de metales coloniales color tiempo; los años, aprisionados entre la vieja madera de soles eternos abiertos en flor de mayo.

El centro de la ciudad de Guatemala de la Nueva Asunción, historia y paredes testigos de pasos de generaciones y generaciones en búsqueda de la raíz y la razón y, a veces, de la euforia que, por extraño que parezca, algunas veces puede ser camino.

Por algún pilar del Portal del Comercio pienso que veré tu mirada; lo he presentido al pasar por el Pasaje Aycinena rumbo a la Plaza de la Constitución, caminando al paso del tiempo que descansa entre las primeras notas de los árboles del Parque Central y sus merólicos. Los lustradores que despiertan al día, las vendedoras de atol de elote y arroz con leche esperando la llegada de los clientes, ofreciendo vasos por unas monedas, pan con pollo o chile relleno, frijoles colados... o mi melancolía por ti con un poco de sal para que sepa a algo.

Por algún rincón del Parque llegarás. Tal vez por ahí, por el Parque de San Sebastián, puede ser el lugar donde nos sentemos en una banca para ver a las palomas enamorarse sin tregua ni piedad, entre los niños que nunca se cansarán de correrlas, ni ellas de escaparse en una danza que lleva una eternidad sucediendo.

La memoria de las esquinas

Pero no hay temor de nunca encontrarte, porque tengo mucho y a muchos a quienes preguntarles por ti. Para mi dicha y consuelo están los sillones, respetables abuelitos del Cine Lux, en los cuales encuentro el consuelo de descansar algún domingo de mercado para ver la película de la tarde, aunque tú no estés conmigo.

También la Avenida Centroamérica, con sus filas de árboles con ramas bajas que te conocen y te esperan para llevarte al fondo de nuestra historia —tan nuestra, tan espléndida y única que día a día aún sigue escribiéndose en las calles del Centro Histórico—. Y sí, son arterias citadinas, alegres y bulliciosas los domingos por las tardes; son así porque, a fuerza de esperarte, se llenan de ilusión por el día que vendrás caminando, despacio y en silencio, a encontrarme.

En alguna forma sé que tu sombra estaría cerca de la fuente, siempre llena de palomas y niños voladores que llenan el aire de la tarde. Tu figura tardía de recuerdos atravesará la Sexta Avenida como una voluta de humo de cigarrillo y yo me quedaré buscándote entre las puertas de El Portalito, llenando mi tristeza con la viruta de las angustias que me desgasta la memoria del Parque Colón —donde alguna vez nos escondimos— y su nombre de navegante extraviado.

Por algún pilar del Palacio de la Cultura te diluirías por las piedras verdes, y tal vez, y solamente hasta en ese momento, comprenderé que estaría de más buscarte. No podría, porque simplemente sería imposible soportar las imágenes de pasados tormentos, y el corazón me desbocaría el alma por buscarte el corazón triste.

Y llegará el día en que, junto con la mañana, te encontraré en el lugar donde realmente no te has ido: dentro, muy dentro de mí. Al caminar en esas calles y avenidas que me construyeron albañil de este trozo de papel en donde ahora escribo, extiendo el manto verde, el día que me amanece la certeza de encontrarte aquí, en el Centro Histórico de la ciudad... justo en el centro exacto de mi corazón.

Publicado originalmente en la Revista del Festival del Centro Histórico, 2005.

Sergio Haroldo Briones Díaz




miércoles, 24 de junio de 2026

Cal y Tierra



 

Cal y tierra

Será que no me puedo distinguir, 

mirando el neón difuminado, 

la noche gris profunda que lleva lejos

tal vez serán esos hilos rojos

 

la sangre en las arterias de la ciudad 

dibujadas a mitad de este cuerpo 

será el mar de las nubes tan lejos

mas allá de la madrugada, del silencio. 


eso es: irme pensando en ti 

callada en esta luz fantasmal,

viajaremos sin ti y sin mí

viajeros sin pasaporte ni rostro


cada cual vestidos de cal 

llenas de tierra las manos

oscuro el corazón gris

porque hemos perdido la fe


vestidos de cal y tierra  

flotando al mar del olvido 

ahogados en líquidos rojos 

palpitantes y vacíos


necesitaremos corazones nuevos 

limpiarnos la cal del fantasma 

levantarnos de las sombras ateridas

abrazarnos desde el centro de la tierra.




viernes, 19 de junio de 2026

Los Perros del alcohol

 

Los perros del alcohol

La transformación.

El derrumbe instantáneo hacia el abismo.

La caída espantosa.


Se desataron los perros del alcohol

y ahora muerden furiosos,

en el piso,

lo que queda de mí.

viernes, 12 de junio de 2026

Electromagnéticos

 

Electromagnetismo

"Una característica de los proyectos es su unicidad, que significa que son únicos e irrepetibles; en efecto, las experiencias pasadas suelen ser de gran utilidad como referente en todo el ciclo".

Teoría de la unicidad

Y si las circunstancias fueran habitarte, transitar en tu espíritu porque no queda de otra... Nunca mirarme al espejo. Vivir como un auténtico recurso literario, ajeno y sucio, golpeando el sueño porque mis páginas están llenas de letras delgadas, transparentes, patéticas ante el vacío en las sombras de tus ojos árabes. A destiempo, desvelados por llorar.

Y este Charly que me rasga en pedazos, como en los diarios desde allá... El pasado de este vino rojo, las cuchillas en aquel cuerpo que se clavaron en mí, dejando estas tiras de frío.

Empiezo a creer que nunca —ni en tiempos pasados ni presentes— hemos podido ser felices. Nunca. Ni juntos ni separados en nuestra agonía de miedo, de ojos cerrados en plena caída por el horror de lo que llaman vida.

Y dices que criaturas convulsas caminan por las calles y sí, es cierto; pero no solo caminan, sino que van cargando pesadas las almas, abajo los ojos de vidrio, el agujero en el pecho buscando agua.

En algo estoy de acuerdo: los ciclos se repiten, y en la otra vida —en aquel pasado— el dolor de la primera vez vuelve y revuelve en esta vida. Condenado a perderte y nunca, nunca jamás.

Electromagnetismo: ese es el evento único e irrepetible al que estoy condenado a revivir por las eternidades.

Tú no, porque ya me olvidaste.

viernes, 5 de junio de 2026

 

Cal y tierra

Tal vez será que no podría decir

mirando el rostro de la ciudad,

la noche gris que me lleva lejos.

Tal vez serán esos hilos rojos,

la sangre en el asfalto

en medio de este cuerpo;

horas y noches atravesadas

Tal vez eso será:

el mar de nubes tan lejos

y yo, que sobrevivo

a las horas del dolor.

Tal vez eso será.

Me voy pensando en ti,

que te quedas acá, donde

ya no se puede respirar.

No quiero estar aquí,

donde nadie sabe amar.

y voy viajando sin vos.

Al final, vestidos de cal,

llenos de tierra las manos,

oscuro el corazón...

hemos perdido la fe.

Vestidos de cal y tierra.

Basta con cerrar los ojos

y dejarse llevar 

por el río del dolor

al mar terráqueo del olvido, 

ahogados, rojos, palpitantes.

Limpios de la cal del fantasma

y salir desde el centro de la tierra


* Esta publicación es una reedición anterior

sábado, 23 de mayo de 2026

pan frío


La pequeña gran muerte (o La renuncia)

    Yo sangré por tus heridas expuestas en la masa corporal de Orión. El segundero de esta derrota es como una esponja embebida de sangre; la llevo en el bolsillo de la camisa, en el lado del corazón, para ser más exacto.

    Caída directa al paraíso y el dolor. Estas codependencias que me aran la herida que no sana, bien las vendería en el mercadito de El Guarda, por donde tantas veces buscamos películas piratas. Ahí, donde  bien podrías decirme: «¡Chejo, mira esos lentes!», o preguntar frente a un espejo: «¿Me miro gorda?».

    Pero no, así ya no va la cosa. En cada palabra que sembraste florecen los gatos que maúllan a la película que nunca vimos. El vino, se volverá vinagre, manchando el fondo del vidrio porque se evaporó sin los amantes idiotas, palpitantes y salvajes que se bebían el todo por el todo hasta el fondo; esos que renuncian al mundo, a los amigos, al placer de un viaje, a comer o a dormir, tan solo por entregarse hasta dejarse caer, amarse hasta morir.

    Sí... ese fue el anhelo: encontrarte y crear la más resplandeciente y cegadora luz hasta quedarnos vagando en las tinieblas de la oscuridad, dos ciegos por amarnos en cualquier parte de la ciudad: ¿te recuerdas la bodega? Justo en el momento de verte, abrazarte con estos brazos de frío y hundir mi rostro en las tinieblas de tu cabello, en el mar de tu olor a mujer. Desnudarte a media calle y hacerte el amor; nunca sexo, sino amor del real. Del que mata, del que muerde duro, aquel por el cual los amantes cruzarían océanos solo por un beso.

    Pero no es así. Ya entendí, me rindo; así no va esta historia. La epidermis, esta vieja bruja que me envejece cada día en el espejo, dice otra cosa. Me anuncia el momento de caer al vacío, del peso muerto de la renuncia. El momento de decir adiós, de comer el pan frío y mohoso de la decepción, y enterrar muy dentro esta esponja en la que se ha convertido mi corazón.

    Después de aceptarme la renuncia, tendré que matar a este perro rabioso que ahora soy, con un bocado de realidad: Entonces seré otro. Detrás de esa puerta ya no tendré brillo en la mirada, ni sangre, porque se habrá ido toda por la herida. Y me quedaré quieto, muy quieto, sin ver nada, ni siquiera a ti. Si aparecieras por esa esquina por donde te fuiste, yo ya no te reconocería. Esta pequeña gran muerte es la que me hará feliz y al final, libre:  al final de esta calle, otro: un simple tipo que solo camina solo, sin memoria ni pasado.                                                     

                                                        Ya no recordaré nada.




Nota: «(Esta es una versión revisada y curada de un texto originalmente publicado en 2013)»

jueves, 7 de mayo de 2026

El callejón de los poetas ebrios - Capítulo 1 - El Cellista




EL CALLEJON DE LOS POETAS EBRIOS

—Vení, te invito a un pan, pero ahorita, porque tengo que tocar más tarde.--

             —Va, voy de volada. Dame un chance, solo termino de escribir una línea. Unos diez minutos y                   llego.--

 —Pilas, porque ya te conozco, men. Solo pajas sos; al rato ya ni te aparecés. --

        —No, hombre, para nada. Ya voy saliendo.--

    Y salí disparado hacia el comedor donde me esperaba el bro, un cellista de la Sinfónica que andaba por la zona. Corría porque no había probado bocado en todo el día; estaba más muerto que vivo. Por andar así, en volandas y a las carreras, crucé las calles y los semáforos a lo apache: sin frenar, sin ver a los lados.

Y que me cae la polaca.

—Buenas tardes, señor. Alto. Identifíquese, sus documentos...

    Va, todo bien. Saqué el DPI mientras soportaba las preguntas de rutina. En esas estaba cuando, en la acera de enfrente, vi a una doñita de las que siempre me topo en la Sexta. Me reconoció desde la otra orilla: Llevaba un banco de plástico en una mano y una mochila viejísima a la espalda. Levantó la mano, no tanto para saludar, sino para fijar mi atención. Al ver que me tenían varado, cruzó la calle esquivando el tráfico y se acercó a pedirme la ficha.

    Busqué en la bolsa del pantalón, no sin antes avisarle al poli que le daría algo a la señora. Le entregué lo que cargaba: dos o tres monedas que me quedaban. No había más. Ella, con un resplandor antiguo, estiró la mano sobre el asfalto. Era la vieja de ser vieja, tan vieja; una mujer áspera de calle, curtida por noches de acera y patrullas. Me devolvió una sonrisa matada, cargada de noches de vacío y tristeza, pero con la certeza de que hoy es hoy. Nos miramos tan cercanos en un tiempo que nadie más podría habitar, excepto aquellos que somos de ahí. Le di lo que tenía con un atisbo de simpleza, pero también con una horizontalidad y un reflejo que me aplacó la urgencia mientras esperaba que concluyera el trámite de los agentes.

    Aquellas monedas, la vida y la tarde atravesaban a los policías, al tráfico pesado, a los soldados del Parque Central, a los vendedores de mariguanol y a las carretas de tostadas de frijol y guacamol. Atravesaban también a los peatones, que caminaban ahogados, derretidos dentro de los uniformes que les tocan y que eligen —por lo general de color negro, un negro asfixiante en un miércoles de mayo con treinta grados a la sombra— La doñita se alejó y, desde la esquina, me lanzó una cruz en el aire y las gracias. Se lo agradecí en silencio. Éramos nosotros, los de siempre, los de ayer y mañana, los que conocemos el lenguaje de la acera y cómo caminar rex en medio del caos. Nos despedimos con la mirada.

    Los autos y las bicicletas, los autobuses y las motos, los pájaros y los caminantes se abrían paso a través de la bruma urbana, desesperados y hartos de lo que no entienden pero sienten. Pasaban encima de todos, los prisioneros de una ciudad de la que siempre huimos. Escapábamos del cerrojo y del tedio a pie, huyendo en buses o en latas motorizadas de un trabajo aborrecido, directo hacia una casa donde la gente tampoco se entiende ni se quiere estar. La tarde era calurosa, demasiado, y los policías estaban tan hastiados como el resto. Los vi con rostros frustrados y el corazón vacío, atrapados en un lugar perdido, ausentes de su propia vida: huyendo hacia la nada por todo, y por todo, que todo.


  

  Me devolvieron los documentos y reanudé la marcha. El calor era un nudo seco en la garganta. Llegué al comedor y busqué la mesa donde estaba el bro sentado, con cara de pocos amigos:

—¿Qué pex, mano? Va de esperarte.-- dijo.

    Una cheve en ese momento era casi como lluvia en el desierto, pero sabía que me pegaría como patada de mula por el estómago vacío. Lo primero era lavarse las manos. La calle pesa demasiado, y la sensación de cansancio era, por momentos, más fuerte que la sed y el hambre.