viernes, 5 de junio de 2026

 

Cal y tierra

Tal vez será que no podría decir

mirando el rostro de la ciudad,

la noche gris que me lleva lejos.

Tal vez serán esos hilos rojos,

la sangre en el asfalto

en medio de este cuerpo;

horas y noches atravesadas

Tal vez eso será:

el mar de nubes tan lejos

y yo, que sobrevivo

a las horas del dolor.

Tal vez eso será.

Me voy pensando en ti,

que te quedas acá, donde

ya no se puede respirar.

No quiero estar aquí,

donde nadie sabe amar.

y voy viajando sin vos.

Al final, vestidos de cal,

llenos de tierra las manos,

oscuro el corazón...

hemos perdido la fe.

Vestidos de cal y tierra.

Basta con cerrar los ojos

y dejarse llevar 

por el río del dolor

al mar terráqueo del olvido, 

ahogados, rojos, palpitantes.

Limpios de la cal del fantasma

y salir desde el centro de la tierra


* Esta publicación es una reedición anterior

sábado, 23 de mayo de 2026

pan frío


La pequeña gran muerte (o La renuncia)

    Yo sangré por tus heridas expuestas en la masa corporal de Orión. El segundero de esta derrota es como una esponja embebida de sangre; la llevo en el bolsillo de la camisa, en el lado del corazón, para ser más exacto.

    Caída directa al paraíso y el dolor. Estas codependencias que me aran la herida que no sana, bien las vendería en el mercadito de El Guarda, por donde tantas veces buscamos películas piratas. Ahí, donde  bien podrías decirme: «¡Chejo, mira esos lentes!», o preguntar frente a un espejo: «¿Me miro gorda?».

    Pero no, así ya no va la cosa. En cada palabra que sembraste florecen los gatos que maúllan a la película que nunca vimos. El vino, se volverá vinagre, manchando el fondo del vidrio porque se evaporó sin los amantes idiotas, palpitantes y salvajes que se bebían el todo por el todo hasta el fondo; esos que renuncian al mundo, a los amigos, al placer de un viaje, a comer o a dormir, tan solo por entregarse hasta dejarse caer, amarse hasta morir.

    Sí... ese fue el anhelo: encontrarte y crear la más resplandeciente y cegadora luz hasta quedarnos vagando en las tinieblas de la oscuridad, dos ciegos por amarnos en cualquier parte de la ciudad: ¿te recuerdas la bodega? Justo en el momento de verte, abrazarte con estos brazos de frío y hundir mi rostro en las tinieblas de tu cabello, en el mar de tu olor a mujer. Desnudarte a media calle y hacerte el amor; nunca sexo, sino amor del real. Del que mata, del que muerde duro, aquel por el cual los amantes cruzarían océanos solo por un beso.

    Pero no es así. Ya entendí, me rindo; así no va esta historia. La epidermis, esta vieja bruja que me envejece cada día en el espejo, dice otra cosa. Me anuncia el momento de caer al vacío, del peso muerto de la renuncia. El momento de decir adiós, de comer el pan frío y mohoso de la decepción, y enterrar muy dentro esta esponja en la que se ha convertido mi corazón.

    Después de aceptarme la renuncia, tendré que matar a este perro rabioso que ahora soy, con un bocado de realidad: Entonces seré otro. Detrás de esa puerta ya no tendré brillo en la mirada, ni sangre, porque se habrá ido toda por la herida. Y me quedaré quieto, muy quieto, sin ver nada, ni siquiera a ti. Si aparecieras por esa esquina por donde te fuiste, yo ya no te reconocería. Esta pequeña gran muerte es la que me hará feliz y al final, libre:  al final de esta calle, otro: un simple tipo que solo camina solo, sin memoria ni pasado.                                                     

                                                        Ya no recordaré nada.




Nota: «(Esta es una versión revisada y curada de un texto originalmente publicado en 2013)»

jueves, 7 de mayo de 2026

El callejón de los poetas ebrios - Capítulo 1 - El Cellista




EL CALLEJON DE LOS POETAS EBRIOS

—Vení, te invito a un pan, pero ahorita, porque tengo que tocar más tarde.--

             —Va, voy de volada. Dame un chance, solo termino de escribir una línea. Unos diez minutos y                   llego.--

 —Pilas, porque ya te conozco, men. Solo pajas sos; al rato ya ni te aparecés. --

        —No, hombre, para nada. Ya voy saliendo.--

    Y salí disparado hacia el comedor donde me esperaba el bro, un cellista de la Sinfónica que andaba por la zona. Corría porque no había probado bocado en todo el día; estaba más muerto que vivo. Por andar así, en volandas y a las carreras, crucé las calles y los semáforos a lo apache: sin frenar, sin ver a los lados.

Y que me cae la polaca.

—Buenas tardes, señor. Alto. Identifíquese, sus documentos...

    Va, todo bien. Saqué el DPI mientras soportaba las preguntas de rutina. En esas estaba cuando, en la acera de enfrente, vi a una doñita de las que siempre me topo en la Sexta. Me reconoció desde la otra orilla: Llevaba un banco de plástico en una mano y una mochila viejísima a la espalda. Levantó la mano, no tanto para saludar, sino para fijar mi atención. Al ver que me tenían varado, cruzó la calle esquivando el tráfico y se acercó a pedirme la ficha.

    Busqué en la bolsa del pantalón, no sin antes avisarle al poli que le daría algo a la señora. Le entregué lo que cargaba: dos o tres monedas que me quedaban. No había más. Ella, con un resplandor antiguo, estiró la mano sobre el asfalto. Era la vieja de ser vieja, tan vieja; una mujer áspera de calle, curtida por noches de acera y patrullas. Me devolvió una sonrisa matada, cargada de noches de vacío y tristeza, pero con la certeza de que hoy es hoy. Nos miramos tan cercanos en un tiempo que nadie más podría habitar, excepto aquellos que somos de ahí. Le di lo que tenía con un atisbo de simpleza, pero también con una horizontalidad y un reflejo que me aplacó la urgencia mientras esperaba que concluyera el trámite de los agentes.

    Aquellas monedas, la vida y la tarde atravesaban a los policías, al tráfico pesado, a los soldados del Parque Central, a los vendedores de mariguanol y a las carretas de tostadas de frijol y guacamol. Atravesaban también a los peatones, que caminaban ahogados, derretidos dentro de los uniformes que les tocan y que eligen —por lo general de color negro, un negro asfixiante en un miércoles de mayo con treinta grados a la sombra— La doñita se alejó y, desde la esquina, me lanzó una cruz en el aire y las gracias. Se lo agradecí en silencio. Éramos nosotros, los de siempre, los de ayer y mañana, los que conocemos el lenguaje de la acera y cómo caminar rex en medio del caos. Nos despedimos con la mirada.

    Los autos y las bicicletas, los autobuses y las motos, los pájaros y los caminantes se abrían paso a través de la bruma urbana, desesperados y hartos de lo que no entienden pero sienten. Pasaban encima de todos, los prisioneros de una ciudad de la que siempre huimos. Escapábamos del cerrojo y del tedio a pie, huyendo en buses o en latas motorizadas de un trabajo aborrecido, directo hacia una casa donde la gente tampoco se entiende ni se quiere estar. La tarde era calurosa, demasiado, y los policías estaban tan hastiados como el resto. Los vi con rostros frustrados y el corazón vacío, atrapados en un lugar perdido, ausentes de su propia vida: huyendo hacia la nada por todo, y por todo, que todo.


  

  Me devolvieron los documentos y reanudé la marcha. El calor era un nudo seco en la garganta. Llegué al comedor y busqué la mesa donde estaba el bro sentado, con cara de pocos amigos:

—¿Qué pex, mano? Va de esperarte.-- dijo.

    Una cheve en ese momento era casi como lluvia en el desierto, pero sabía que me pegaría como patada de mula por el estómago vacío. Lo primero era lavarse las manos. La calle pesa demasiado, y la sensación de cansancio era, por momentos, más fuerte que la sed y el hambre.

miércoles, 6 de mayo de 2026

    Me gustaría ser poeta, de los exquisitos, de esos afortunados que llenan de manjares las tintas, de los magistrados y legisladores de la palabra, de esos pensadores con la medalla colgada en la pared vacía. De esos que sabios, que detienen el tiempo en cada verso, pero no me da la mollera y la letra me evade haciéndose la bestia, la que hace como que no me ve, cambiándose de acera y viendo a otro lado cuando por las calles nos cruzamos. Hay veces que por las noches, desvelado y huérfano, busco sin saber lo que busco entre las letras, en desespero y angustia revuelvo el abecedario con el tenedor del sueño para ver si puedo trinchar algo, pero nada queda. No puedo estirar los oximorones y se me escapan las imágenes entre el hambre del fin de mes y las llagas del tiempo en las esquinas de la ciudad, orinadas y cagadas con restos de vida de tanto caminante triste.

    He visto sombras de versos apareándose como chuchos por las cantinas del parque Colon pegadas con el semen de la redacción hambrienta y a veces, solo muy contadas veces salen versos raros, alcoholizados, como estampitas de colección en las cajas de vino barato, vino de barrio de la tienda de la esquina. Lo desastroso hermanito es que siempre las termino cambiando con cualquiera que me las pide a cambio de un poco de humo azul, del frajo que eleva mi melancolía al techo del universo como gato nocturno.

    Me gustaría ser poeta, de esos poetas afortunados que cantan al cielo su alegría y su amor, escribir periódicos de buenas noticias y cantarle al sol , a las mañanas en las ventanas y a las mujeres por hechiceras, a las rosas por su color sangre y a los niños por su terquedad de querer ser adultos. Es más: quisiera ser un poeta de esos que, con una guitarra en mano, canten otros horizontes, otras canciones que sean signo eterno para que queden marcadas en las almas de los que caminan por esas calles y que el viento nunca pueda borrar."





Noviembre

miércoles, 12 de abril de 2023

SUGERENCIAS



Pasado por presente, las huellas negras
en los puentes, en la tierra 
en el camino, en veredas
en los surcos de la frente, 
en los pliegues ajedrezados 
en las venas del mundo. 

Esos ojos que han marcado 
a fuego y cobre las palabras 
que ahora extienden Sol y Sí, 
la marca que el olor a quemado 
deja en el cenicero del corazón.

No se vive solo por estar,
 la sonrisa convertida 
en una marca apenas 
visible de la vida, 
 el perfume del camino 
en imágenes cósmicas.

........una pradera de arboles con
 frutas y otros quemados por el rayo,
 partidos por la centella del amor.

domingo, 29 de enero de 2017

domingo, 10 de mayo de 2015

Eso es creer, fe, confianza y amar

me paso el tiempo pensando cuando terminaras de correr
cuando caeras y encontraras fondo si al final de la calle
solo una enorme pared encontraras

te pienso como la cometa que cae en cualquier lugar 
en llamas y quemando todo al pasar
como el ave que rompe cualquier nido
tan solo por sentir algo
algo que la haga sentir viva

y poco a poco la luz se me pierde
y se apaga el corazon derramando su silencio
de tus manos que se escapan por el tejado
una gata que sola camina  sola por la vida
desolada, el ave que vuela entre la noche

mientras espero que regreses a decirme que solo a mi amas
veo el abismo de tus ojos que marcan un piano
y las flores que quisieron nacer, el bien y el mal
me llenan de una aire como vacio, como ausente
como una libertad que me sobra en el alma
y las flores que te regale se vuelven de madera
de una madera oscura del color del destino.

me pongo una chaqueta y recojo lo que queda
de esta manera de querer tan cruel
me lleno los bolsillos con tu olor de mujer
tus ojos me los llevo en el alma
tu ausencia se la regalo a quien este contigo
me llevo lo que dejaste y te dejo lo que me diste