EL CALLEJON DE LOS POETAS EBRIOS
—Vení, te invito a un pan, pero ahorita, porque tengo que tocar más tarde.--
—Va, voy de volada. Dame un chance, solo termino de escribir una línea. Unos diez minutos y llego.--
—Pilas, porque ya te conozco, men. Solo pajas sos; al rato ya ni te aparecés. --
—No, hombre, para nada. Ya voy saliendo.--
Y salí disparado hacia el comedor donde me esperaba el bro, un cellista de la Sinfónica que andaba por la zona. Corría porque no había probado bocado en todo el día; estaba más muerto que vivo. Por andar así, en volandas y a las carreras, crucé las calles y los semáforos a lo apache: sin frenar, sin ver a los lados.
Y que me cae la polaca.
—Buenas tardes, señor. Alto. Identifíquese, sus documentos...
Va, todo bien. Saqué el DPI mientras soportaba las preguntas de rutina. En esas estaba cuando, en la acera de enfrente, vi a una doñita de las que siempre me topo en la Sexta. Me reconoció desde la otra orilla: Llevaba un banco de plástico en una mano y una mochila viejísima a la espalda. Levantó la mano, no tanto para saludar, sino para fijar mi atención. Al ver que me tenían varado, cruzó la calle esquivando el tráfico y se acercó a pedirme la ficha.
Busqué en la bolsa del pantalón, no sin antes avisarle al poli que le daría algo a la señora. Le entregué lo que cargaba: dos o tres monedas que me quedaban. No había más. Ella, con un resplandor antiguo, estiró la mano sobre el asfalto. Era la vieja de ser vieja, tan vieja; una mujer áspera de calle, curtida por noches de acera y patrullas. Me devolvió una sonrisa matada, cargada de noches de vacío y tristeza, pero con la certeza de que hoy es hoy. Nos miramos tan cercanos en un tiempo que nadie más podría habitar, excepto aquellos que somos de ahí. Le di lo que tenía con un atisbo de simpleza, pero también con una horizontalidad y un reflejo que me aplacó la urgencia mientras esperaba que concluyera el trámite de los agentes.
Aquellas monedas, la vida y la tarde atravesaban a los policías, al tráfico pesado, a los soldados del Parque Central, a los vendedores de mariguanol y a las carretas de tostadas de frijol y guacamol. Atravesaban también a los peatones, que caminaban ahogados, derretidos dentro de los uniformes que les tocan y que eligen —por lo general de color negro, un negro asfixiante en un miércoles de mayo con treinta grados a la sombra— La doñita se alejó y, desde la esquina, me lanzó una cruz en el aire y las gracias. Se lo agradecí en silencio. Éramos nosotros, los de siempre, los de ayer y mañana, los que conocemos el lenguaje de la acera y cómo caminar rex en medio del caos. Nos despedimos con la mirada.
Los autos y las bicicletas, los autobuses y las motos, los pájaros y los caminantes se abrían paso a través de la bruma urbana, desesperados y hartos de lo que no entienden pero sienten. Pasaban encima de todos, los prisioneros de una ciudad de la que siempre huimos. Escapábamos del cerrojo y del tedio a pie, huyendo en buses o en latas motorizadas de un trabajo aborrecido, directo hacia una casa donde la gente tampoco se entiende ni se quiere estar. La tarde era calurosa, demasiado, y los policías estaban tan hastiados como el resto. Los vi con rostros frustrados y el corazón vacío, atrapados en un lugar perdido, ausentes de su propia vida: huyendo hacia la nada por todo, y por todo, que todo.
Me devolvieron los documentos y reanudé la marcha. El calor era un nudo seco en la garganta. Llegué al comedor y busqué la mesa donde estaba el bro sentado, con cara de pocos amigos:
—¿Qué pex, mano? Va de esperarte.-- dijo.
Una cheve en ese momento era casi como lluvia en el desierto, pero sabía que me pegaría como patada de mula por el estómago vacío. Lo primero era lavarse las manos. La calle pesa demasiado, y la sensación de cansancio era, por momentos, más fuerte que la sed y el hambre.



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