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sábado, 23 de mayo de 2026

pan frío


La pequeña gran muerte (o La renuncia)

    Yo sangré por tus heridas, expuestas en la masa corporal de Orión. El segundero de esta derrota es como una esponja embebida de sangre; la llevo en el bolsillo de la camisa, en el lado del corazón, para ser más exacto.

    Es una entrada directa al paraíso del dolor. Estas codependencias que me aran la herida que no sana, bien las vendería en el mercadito de El Guarda, por donde pasas a veces buscando películas piratas. Ahí bien podrías decirme: «¡Chejo, mirá esos lentes!», o preguntar frente a un espejo: «¿Me miro gorda?».

    Pero no, así ya no va la cosa. En cada palabra que sembraste florecen los gatos que maúllan a la película que nunca vimos. El vino, se volverá vinagre, abandonado al fondo del vidrio porque se evaporó sin los amantes palpitantes; esos que renuncian al mundo, a los amigos, al placer de un viaje, a comer o a dormir, tan solo por amarse hasta morir.

    Sí... ese fue el anhelo: encontrarte y crear la más resplandeciente y cegadora luz hasta quedarnos vagando en las tinieblas de la oscuridad, dos ciegos por amarnos en cualquier parte de la ciudad: ¿te recuerdas el cuarto de La Bodeguita del centro? Justo en el momento de verte, abrazarte con estos brazos de frío y hundir mi rostro en las tinieblas de tu cabello, en el mar de tu olor a mujer. Desnudarte a media calle y hacerte el amor; nunca sexo, sino amor del real. Del que mata, del que muerde duro, aquel por el cual los amantes cruzarían océanos solo por un beso.

    Pero no es así. Ya entendí, me rindo; así no va esta historia. La epidermis, esta vieja bruja que me envejece cada día en el espejo, dice otra cosa. Me anuncia el momento de caer al vacío, del peso muerto de la renuncia. El momento de decir adiós, de comer el pan frío y mohoso de la decepción, y enterrar muy dentro esta esponja en la que se ha convertido mi corazón.

    Después de aceptarme la renuncia, tendré que matar a este perro rabioso con un bocado de realidad: Entonces seré otro. Ya no tendré brillo en la mirada, ni sangre, porque se habrá ido toda por la herida. Y me quedaré quieto, muy quieto, sin ver nada, ni siquiera a ti. Si aparecieras por esa esquina por donde te fuiste, yo ya no te reconocería.

    Esta pequeña gran muerte es la que me hará, al final, libre. Y lo dije: la vida siempre se abre paso, de alguna forma. Seré, al final de esta calle, otro. Un simple tipo que solo camina sin memoria ni pasado.                                                     

                                                        Ya no recordaré nada.




Nota: «(Esta es una versión revisada y curada de un texto originalmente publicado en 2013)»